sin piel alguna

jueves, julio 22, 2004

calambres

Ayer le conté a mi madre del terrible calambre que en la pantorrilla me asalto en la noche, esta afección es frecuente, cuando estoy altamente estresado, es dolorosa en extremo se siente que se va a partir el músculo ; puede durar bastante en mi caso; me miro y dijo “me estas pagando los calambres que a mi, en mi pierna me daban durante tu embarazo”, no se pero me pareció percibir cierta satisfacción en su expresión.
 
Mi madre es un ser extraño; única hembra de entre 7 hijos. Criada con severidad materna y seguramente, consentimiento paterno; la historia de mis abuelos es extraordinaria, ella gallega, el venezolano, descendiente de franceses y belgas. Según, se conocieron por carta, debido a un error en el posteo de una epístola de mi abuelo. Se cartearon y, sin haberse visto jamás, se casaron por poder, ella en España, el en Venezuela. La noche de bodas entenderán, fue de ausencias y añoranzas. Tardaron en conocerse, unos cuantos días , lo que duro la despedida de su España de mi abuela y la travesía que hizo en buque.
 
Retomemos lo de mi mamá que habrá tiempo de hablar de mis abuelos otro día
 
Decía que mamá creció entre 6 hermanos varones, desarrollo increíbles destrezas en los juegos habitualmente reservados para los hombres; destaco en el salto con garrocha- fue la primera mujer que practico esta disciplina en esta provincia venezolana- y en el boxeo callejero, son celebres sus hazañas en este campo, en innumerables ocasiones mis tíos permitían que ella tomara sus lugar para dirimir las diferencias que se suscitaban. De carácter recio y poco amorosa, pero de belleza realmente destacable, mi madre contrajo nupcias, se caso bien el decir del quehacer social de esta serena localidad. Mi madre se llevo al matrimonio toda su agresividad y bien que supo drenarla allí.
 
Es incuestionable el amor que se profesan mis padres, ha sobrevivido incólume durante siglos me parece a mi; pero, de allí para abajo y en especial en el tercer peldaño de la cadena es decir yo, aguántense, pase mi infancia defendiéndome y escondiéndome, trepado en matas de mango hasta que el sol se ponía para evitar sus furias.
 
Quería llegar acá porque esa confesión de los calambres es un eslabón más que concatena mi gestación y nacimiento con los hechos; tengo que entenderlo, masticarlo y diluirlo para seguir avanzando en la tarea de amarla, de no guardarle rencores, de perdonarme y perdonarla. El perdón es una gesta heroica. Les digo, uno va dejando la piel en los espinos y obstáculos, muchas veces solo soy una masa sanguinolenta que repta sus rabias en profundos barrancos, aun  hoy el tema de mi madre es jodido.
 
Volviendo al principio; después empezó a hablar de mis ataques de hipo, durante el embarazo; hipeaba; ¡vaya! nuevo descubrimiento, de repente callo me miro de nuevo y salio.
 
Como que le duelo también. La cosa es doble vía entonces. Solo que a ella le debe estar tocando, ahora, la peor parte. Esta, por su edad, más cercana a la infancia y su indefensión. Pobre. Tiene suerte de que no la maltrato y me esfuerzo en darle cariño a mi manera, que entiendo es torcida. Consecuencias.

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